Con tanta nube de tan distinto cielo, no puede más que avecinarse una deliciosa tormenta, cargada ya no de lamentos, llanto y bebida, sino de belleza ataviada de tiempo, de cantos antiguos que se mezclan con el correr de esta época.
Volar, utilizar telepatía, transformarse en agua o fuego e incluso lanzar rayos por el trasero. ¿Quién no quisiera poseer poderes sobrehumanos? Las variables son tan amplias como la imaginación lo permita. Pero existe una cualidad paladeada por muchos: la invisibilidad.
La literatura no sirve para nada, por eso es maravillosa, y precisamente porque no sirve para nada, la literatura es un lujo: siempre será más placentero vivir con las letras que sin ellas. Dice Andrés Henestros en El libro: puerta de luz que “la letra nos hace, es un molde que nos da forma. El libro a más de agrandar el mundo lo alegra, le resta la superficialidad”. Quizá por ello es necesario tomar las providencias necesarias y salir de cacería, ir allá, a ese lugar en donde se encuentran las palabras y tomarlas, reunirlas, jugar con ellas, con ese mismo deleite con el que Carlos I de Inglaterra posa ante la mirada incrédula del pintor holandés Antón Van Dick. Sencillo: desafortunados los que han visto en las letras un manual de cómo vivir, qué pensar o qué hacer.
Tangente, toca tu vida, es una mirada sobre lo cercano, lo inmediato y lo que se descubre ante la percepción e imaginación. Fiel al asombro, a la palabra y al conocimiento, privilegia la transformación y la continuidad de un mundo vital en el que se permite toda espontaneidad para construir espacios sorprendentes e interesantes que no por ser ideales dejan de ser ciertos, renunciando a lo predecible.