Se viste de gala señora costumbre y nos dicta el proceder cada vez que la ocasión lo amerita. Con cananas de papel y bigotes postizos vuelven a murmurarse los nombres entre tragos de tequila y consignas trasnochadas. Tanta tierra y libertad ocultas en las chisteras de caciques, tanto nada para nadie a la vuelta de cien años y un trocito de Revolución que se niega a despertar.
Todos saben que solía llevar sombrero, pero pocos saben que no era para cubrirse del sol o el polvo, sino para ocultar sus cuatro pares de ojos: uno para ver el pasado, otro mirando el futuro, uno más para transitar la vida y el último para otear de cuando en cuando el brillo de su sombra. Todos saben que calzaba botas, pero aún más pocos saben que las suyas no sólo resguardaban esos pies que habían andado tantos caminos, sino que daban refugio al par de orejas que le permitían escuchar el eco de los pasos viajeros que precedieron a los suyos.
Pasatono es un proyecto que conjuga lo aprendido en los espacios académicos –etnomusicología- , y por los maestros de los pueblos mixtecos.
Filmada en San Pedro Yodoyuxi, pueblo ubicado en el camino a Tezoatlán, el largometraje narra las peripecias de este lugar habitado sólo por niños y mujeres tras el abandono de los hombres…
Imaginen a la Banda Infantil de Santiago Zacatepec tocando no sus “Sones y jarabes mixes”, sino una obra electroacústica de, digamos, Javier Álvarez. ¿Genial, no? Pero primero el reto es vencer prejuicios y estigmas no tanto de los músicos ni del respetable de Oaxaca, sino de las instituciones y promotores culturales, que luego son indulgentes y proyectan y promueven prácticamente sólo lo autóctono.
Con tanta nube de tan distinto cielo, no puede más que avecinarse una deliciosa tormenta, cargada ya no de lamentos, llanto y bebida, sino de belleza ataviada de tiempo, de cantos antiguos que se mezclan con el correr de esta época.
Volar, utilizar telepatía, transformarse en agua o fuego e incluso lanzar rayos por el trasero. ¿Quién no quisiera poseer poderes sobrehumanos? Las variables son tan amplias como la imaginación lo permita. Pero existe una cualidad paladeada por muchos: la invisibilidad.
La literatura no sirve para nada, por eso es maravillosa, y precisamente porque no sirve para nada, la literatura es un lujo: siempre será más placentero vivir con las letras que sin ellas. Dice Andrés Henestros en El libro: puerta de luz que “la letra nos hace, es un molde que nos da forma. El libro a más de agrandar el mundo lo alegra, le resta la superficialidad”. Quizá por ello es necesario tomar las providencias necesarias y salir de cacería, ir allá, a ese lugar en donde se encuentran las palabras y tomarlas, reunirlas, jugar con ellas, con ese mismo deleite con el que Carlos I de Inglaterra posa ante la mirada incrédula del pintor holandés Antón Van Dick. Sencillo: desafortunados los que han visto en las letras un manual de cómo vivir, qué pensar o qué hacer.